Visto desde arriba, el mundo de Genovés se amontona: pequeñas figuras dispersas sobre fondos de color, atrapadas en movimiento como si el tiempo se hubiera detenido brevemente. Rara vez hay un escenario u horizonte, ninguna historia que resuelva lo que vemos. Solo una coreografía silenciosa de aproximación y retirada, impulso y pausa.
Formado por la vida bajo el régimen franquista, Genovés desarrolló un realismo figurativo capaz de transmitir fuerza, vulnerabilidad y voluntad colectiva sin retórica. De lejos, las composiciones se construyen a través del espaciamiento y el ritmo. De cerca, la superficie se vuelve táctil: cada figura está construida con pintura densa, engrosada hasta el punto de relieve y anclada por sombras definidas. A veces, Genovés incrustaba diminutos fragmentos de tela, piedra, alambre, incluso retratos en miniatura en los propios cuerpos, rompiendo el anonimato e insistiendo en la individualidad.
Estas pinturas no imponen un significado único. Nos invitan a observar con más detenimiento y a encontrarnos entre la multitud. Por muy tenso que se sienta el movimiento, la multitud nunca pierde su rostro. Cada figura mantiene su lugar, su peso, su dirección. Para Genovés, la multitud no es solo una medida de presión, sino también de posibilidad, prueba de que incluso en tiempos inciertos, las personas aún se reúnen, resisten y avanzan juntas.
Imagen: Descampado,2015. Juan Genovés.
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