Como una red de ideas interconectadas, la primera exposición de Daniel Steegmann Mangrané en São Paulo desde 2018 invita a la observación y la interacción con el cosmos a través de obras que simultáneamente revelan y transforman percepciones. Titulada Uma folha translúcida no lugar dos olhos [Una hoja translúcida en lugar de los ojos], la exposición presenta obras en diversos medios, incluyendo pinturas, esculturas y hologramas, que funcionan como una lupa para la red de conexiones entre las formas vivas, lo material, lo orgánico y lo geométrico.
Antes de dedicarse a las artes, Steegmann Mangrané soñaba con estudiar biología, y su fascinación por la naturaleza nunca se desvaneció. Tras cumplir su antiguo deseo de explorar la selva amazónica y la Mata Atlántica brasileña, el artista se interesó no solo por su biodiversidad, sino también por las cosmologías indígenas y sus formas de relacionarse con el mundo natural. Dentro de estas cosmologías, los seres y los elementos se configuran a través de relaciones de interdependencia, en contraste con la tradición occidental, que tiende a analizar sujetos, objetos y fenómenos de forma aislada.
Tomando prestado el término «pensamientos vivos» del antropólogo Eduardo Kohn —autor de *Cómo piensan los bosques: Hacia una antropología más allá de lo humano*—, Steegmann Mangrané da título a la instalación central de la exposición. Compuesta por plantas epífitas brasileñas como orquídeas, helechos, bromelias y suculentas, la obra se organiza en una estructura suspendida, con especies que crecen en ramas de vidrio. La instalación, surgida tras la visita del artista al jardín de orquídeas de Manaus, evoca una experiencia de cercanía con la selva tropical, cuya densidad no permite grandes distancias, sino que exige una experiencia física compartida. La relación entre las materialidades también se manifiesta en *Branch with Gold Accents* (2026), compuesta por ramas recolectadas por el artista y círculos dorados. Las ramas, de unos cinco años de edad, parecen trazar una caligrafía lenta en el espacio, revelando el poder formal de las estructuras naturales, mientras que los círculos dorados evocan dimensiones cósmicas como estrellas o planetas; de hecho, el oro es un metal de origen cósmico, formado en el espacio, en el corazón de las explosiones de supernovas y las colisiones de estrellas de neutrones.
La interacción entre la naturaleza y las formas geométricas continúa en Systemic Grid 133 (Lina) (2026), una escultura inspirada en los caballetes de cristal de Lina Bo Bardi. Partiendo del mismo pedestal concebido por la arquitecta, Steegmann Mangrané crea un diseño geométrico utilizando vidrio ornamental. La obra forma parte de una serie en la que el artista desarrolla cuadrículas a partir de una sola célula que, al multiplicarse y superponerse, genera sistemas progresivamente complejos, alcanzando una cierta cualidad orgánica. El vidrio texturizado intensifica el diálogo entre la obra, el espacio y el espectador: al mirar a través de él y moverse, los elementos del fondo se distorsionan, produciendo nuevas percepciones del mundo circundante. La obra pone de relieve cómo, para el artista, las obras de arte no solo están destinadas a ser contempladas, sino que funcionan como herramientas para ver el mundo de una manera nueva.
El enfoque fenomenológico —la interacción con la obra no solo a través de la vista, sino también con todo el cuerpo— vincula a Steegmann Mangrané con artistas neoconcretos como Lygia Pape, Lygia Clark y Hélio Oiticica. El artista ve en este movimiento un enfoque en el que lo sensorial se convierte en una puerta de entrada a la experiencia estética, una experiencia con implicaciones políticas y emancipadoras. Una serie de hologramas de cristal rojo ejemplifica este fenómeno. Las piezas invitan al espectador a moverse a su alrededor, revelando gradualmente estructuras geométricas y vegetales, ocasionalmente habitadas por insectos palo e insectos hoja. En el holograma, la imagen nunca aparece en una forma fija; depende del movimiento del observador para tomar forma.
La transparencia vuelve a desempeñar un papel central en las nuevas pinturas de la serie Hojas Translúcidas (2026). En estas obras, finas capas de pintura recubren dibujos de hojas distribuidas por la superficie del lienzo, haciéndolos desaparecer en distintos grados. El acto de pintar sobre estos fragmentos de la naturaleza crea la sensación de observar algo tras una capa translúcida, que solo permite vislumbrar. El resultado es un sutil juego entre profundidad, percepción y la mirada cambiante.
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